26 de enero de 2026
La falsa modernización de los productos guiados por IA
Automatizar las suposiciones no las convierte en estrategia. El problema de usar IA para 'modernizar' productos sin contexto, sin datos y sin criterio.
He estado observando un patrón curioso entre personas recién llegadas al mundo de la IA. Un entusiasmo casi infantil por lo que estas herramientas son capaces de producir. Bastan algunos prompts, algunos adjetivos vagos como "más moderno", "más innovador", "que llame más la atención", y sitios enteros son reformulados por herramientas como Lovable, Replit y similares.
Sin contexto. Sin métricas. Sin ninguna evidencia de que el diseño actual no funcione.
No hay análisis de conversión, datos de comportamiento, pruebas A/B, ni siquiera una hipótesis clara. La solicitud es simple y peligrosa: "adecua el sitio X a mi gusto personal". Y ahí radica el problema.
Diseñar un producto nunca fue, ni será, sobre satisfacer los deseos de quien lo diseña. No se trata del color que me parece más bonito, la tipografía que me agrada más o la estética que conecta con mi repertorio personal. El diseño no es expresión artística individual. Es decisión informada.
Cuando alguien usa IA para "modernizar" un producto sin entender qué ya funciona, simplemente está reemplazando un conjunto de decisiones posiblemente fundamentadas por otro completamente arbitrario.
Automatizar las suposiciones no las convierte en estrategia.
Existe también un efecto secundario recurrente: la IA estética ignora criterios básicos como la accesibilidad en favor de preferencias subjetivas. Contraste pobre, jerarquía confusa, tipografía ilegible.
Se ve mejor. No siempre es más usable.
No hay duda sobre el potencial de la IA generativa. Así como no hay duda sobre el potencial de un Ferrari. Ambos son poderosos. Y ambos, en las manos equivocadas, causan daño.
El problema nunca fue lo que la tecnología puede hacer. La pregunta correcta siempre fue: ¿cómo la dirijo para hacer lo que es mejor para mi producto y, principalmente, para mi usuario?
Eso exige algo que ninguna IA entrega listo: criterio.
Exige reconocer que "yo no soy el público objetivo", aunque forme parte de él. Exige entender la historia de ese producto, por qué decisiones pasó, qué compromisos se asumieron, qué problemas se resolvieron y cuáles aún permanecen. Un producto no surge de la nada, y no debería rediseñarse como si fuera una hoja en blanco.
La obsesión contemporánea por la disrupción también merece cuidado. Causar impacto es seductor. Es fácil confundir ruido con avance. Pero no todo impacto es positivo. (Pregúntale a los dinosaurios.)
Disrupción sin dirección es solo ruptura. Y ruptura sin propósito suele costar caro.
La IA puede acelerar procesos, ampliar repertorios, sugerir caminos e incluso revelar posibilidades invisibles. Pero no reemplaza la responsabilidad de quien decide. No reemplaza el entendimiento del usuario, ni el compromiso con resultados reales.
Al final, usar IA para diseñar sin contexto no es innovación. Es simplemente cambiar el "creo que" humano por el "parece que" algorítmico.
Y eso, definitivamente, no hace mejor ningún producto.